Cambio vs. continuidad
24
de Junio de 2018
La campaña electoral llega a término entre el optimismo por el cambio y
los que esperan que algo suceda para que las cosas sigan igual. Se cierra en un
debate de expectativas que para unos significa la esperanza de que ese algo
ocurra, mientras que otros entienden la espera sólo como el tiempo que se da
para que ese algo pase. El statu quo confía en que, tras las urnas las cosas vuelvan a la normalidad, y
el voto del hartazgo, que llegue el plazo para saciar el enojo. Esperar algo no
es lo mismo que esperar a algo.
La pequeña
preposición hace diferencia, aunque es suficiente para marcar la brecha entre
lo que se espera y lo que falta para que algo se cumpla, en un terreno dominado
por las emociones de un país dividido. Las expectativas entre continuidad y
cambio marcan la elección entre los que creen que el país permanecerá en el
mismo sitio una vez pasado el “peligro electoral” y los que confían en que la
transformación está a días. Las cuestiones claves: ¿Qué y cómo esperar? Unos,
con la esperanza puesta en que los indecisos y el “voto duro” frenen a “falsos
redentores” y, otros, con el temor de que la operación política de la “mafia
del poder” les arrebate un triunfo ganado. Unos volverán a la normalidad, otros
saldrán de ella, aunque esa construcción esté rota por la violencia que marca
el proceso y al país.
El líder en todas las encuestas, AMLO, camina hacia las urnas tras dar dos vueltas al país con actos públicos
y plazas llenas en ciudades, municipios y pueblos, aunque, como se insiste
desde la derrota de Cárdenas en 1988, las plazas no votan, y cabría agregar, ni detienen un
fraude.
Tres décadas después, el temor de que se impida la llegada de un partido
distinto a los que se han repartido la alternancia entre el PRI y el PAN
persiste como única “preposición” al advenimiento del cambio. Sólo que ahora la
aduana de la compra y coacción del voto la ocupan también los que antes la
combatieron, en una muestra de la normalización de esas prácticas a pesar de la
democratización. La campaña de Anaya entrega tarjetas/promesa de Ingreso Básico Universal con 1,500 pesos y
sus aliados del PRD reparten despensas con factura al gobierno de la CDMX.
En el estrecho margen entre lo que se espera y lo que puede ocurrir, se
profundizará la guerra sucia y las
traiciones “patrióticas” para “salvar” el futuro del cataclismo si llegara
Morena, aunque las preferencias electorales digan lo contrario. Desde el salto
del gobernador perredista de Michoacán, Silvano Aureoles, a la campaña del PRI crece la apuesta de la operación de gobernadores
para movilizar el voto duro contra AMLO, aunque éste sea cada vez más guango, como indica la contracción del
sufragio del PRD y PRI en todo el país. En el cierre, la última jugada es que
liderazgos que arroparon la candidatura de Anaya, de la nomenclatura del PRD u operadores de Mancera en la CDMX, lo abandonen para trabajar por Meade.
Los defensores de la “normalidad” confían en la intervención de
gobernadores, aunque el PRI esté rezagado en casi todos los 9 estados en
disputa y la intención de voto antiPRI sea superior al 60%. Sus esperanzas de
derrotar a AMLO, sin
embargo, están puestas en que el 20% indecisos recupere la estrategia del “voto
útil” con un ascenso al segundo lugar, que no llegó en los tres meses de
campaña.
Esperan que
los indecisos rechacen las soluciones “mágicas” a problemas complejos que
ofrecen los populistas, aunque las respuestas de los partidos tradicionales
estén desgastadas y sean insuficientes para calmar el hartazgo. Lo que esperan
es que vuelvan a creer en que el cambio es “peligroso” porque revertiría las
reformas y abriría el riesgo de la concentración de poder sin contrapesos,
aunque sea la continuidad la que se mira como amenaza del futuro. Quieren
confiar en que sus profecías del futuro detengan a “falsos Mesías”, mientras
recurren a las viejas prácticas del pasado para manipular la elección. Esperan
que siga lo mismo, aunque en el país ya nada sea igual.
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