El olor de la derrota
29 de Abril de 2018
La
última semana en el Congreso se vivió como ese momento en que se escucha la voz
de alerta por el cambio de derrotero. Ese lapso en que la circunstancia se
singulariza y abre espacio de oportunidad para intentar ponerse a salvo o
rescatar los enseres ante el riesgo de lo que está por suceder pronto. El PRI y
sus aliados en el Senado se lanzaron a tratar de sacar reformas para cuidar las
espaldas y los nombramientos, como los del Inai, para dejar fichas colocadas
ante el peligro de perder las elecciones.
La
escena recuerda los instantes del escape en las películas de acción, cuando
dentro del grupo se cede al instinto individual de salvar el pellejo. El atorón
del PRI al dictamen para eliminar el fuero constitucional apunta hacia un
distanciamiento con los intereses de su candidato tras los malos resultados en
el debate presidencial que presagiaron los movimientos legislativos. La
autodenominada “Ley Meade” fue detenida por su propio partido, a pesar
de ofrecer que sería el primer presidente sin fuero. En todo caso, los
senadores priistas no parecieron reparar en las promesas de su candidato o
revelan decepción ante la posibilidad de triunfo. Se agita incluso el fantasma
de la declinación.
Pero
el desafecto pasa también por el realineamiento de fuerzas y grupos políticos
en pos de asegurar menor riesgo en caso de derrota, como se ve de apoyo tácito
de PT- Morena para la designación de dos nuevos comisionados del Inai; y antes,
en el Congreso con la Ley General de Comunicación Social o en el nombramiento
del ASF. Si los priistas buscan “blindaje”, AMLO se ha
mostrado más dispuesto a olvidar el pasado y tienen más confianza a pactar con
él que con Anaya, quien ya los amenazó con meter a la cárcel
hasta al Presidente.
Al
PRI le llegó el olor de la derrota y esa “inquietud” le tentó incluso a
intentar un “albazo” legislativo para sacar la ley orgánica de la Fiscalía
Autónoma y al nuevo fiscal con nueve años en el cargo, que se frustró, entre
otras razones, por la movilización de las ONG y la retirada del PT-Morena de un
asunto en que no podía darse el lujo de llegar tan lejos. La oposición del PAN
y PRD acusó “desesperación” por blindar las denuncias de corrupción al actual
gobierno, pero la tentativa se cayó porque el senador petista Luis Humberto Fernández se
negó a acompañarlos.
De
todas esas pequeñas muestras de rompimiento, por lo común suele sucederse el
inicio de fugas desordenadas. Mientras en el Senado o en los estados los
priistas comienzan a privilegiar poner a salvo sus intereses, la élite
económico-financiera del gobierno que mantiene el control sobre decisiones y
presupuestos, al contrario, parece dispuesta a pelear hasta el final con el
abanderado extraído de sus propias filas. No tienen salida, la burocracia
tecnócrata será de los grandes perdedores si cae el exsecretario de Hacienda.
Esta
élite gubernamental es la base de apoyo incondicional de la candidatura de Meade, a la que
no ha tocado ni con el pétalo de una rosa, aunque los escándalos de corrupción
del sexenio han pasado por sus narices. Saben que el 1 de julio se decide algo
más que un cambio de presidente y por ello parecen dispuestos a usar todos los
enormes recursos políticos y materiales que concentran en el manejo del
presupuesto para su campaña.
Ellos
aún esperan que buenas noticias sobre el TLC o el apoyo de los gobernadores
empujen su campaña, incluso a pesar del pesimismo que asoma entre los
legisladores priistas y el desgano de los liderazgos locales del partido en la
movilización territorial. Meade es su última carta para conservar su poder
de los últimos treinta años instalados en la toma de decisión de las finanzas
del Estado y, a su vez, representan la última apuesta de continuidad del
candidato priista, aunque, como acepta, la elección se vea difícil y muy
competida.
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